“Me avergoncé de mí mismo cuando comprendí que la vida era una fiesta de disfraces; y yo asistí con mi rostro real.”
-FK
Fiesta de disfraces plantea la máscara como condición de pertenencia. No es ocultamiento: es acuerdo. Un lenguaje compartido donde cada rostro es una construcción.
La Quimera, un ser ensamblado como resulatdo de sus vivencias, sentimientos, pensamientos y exigencias de su entorno para poder pertenecer.
En ese sistema, la autenticidad no es virtud, es disonancia. Quien no se cubre queda expuesto. Fuera de lugar.
Pero hay una grieta.
Los ojos.
La mirada no participa del disfraz. Incluso enmascarada, revela. Traiciona lo que el gesto intenta sostener.
La obra se sitúa en esa tensión: entre lo que se muestra para encajar y lo que insiste en aparecer. Encajar implica una renuncia.
Y toda máscara, tarde o temprano, es atravesada por la verdad que no logra contener.
